Inflación y Contexto

Hablar de inflación o del aumento de precios en la Argentina siempre nos retrotrae a las catástrofes de los 70 y los 80, cuando los procesos inflacionarios hicieron estragos en el poder adquisitivo de los trabajadores y destruyeron al sistema productivo.

De la mano de este fantasma “maligno” -instalado por los medios dominantes- pareciera que lo único que ocurre en el país son robos, asesinatos (inseguridad) e inflación, con lo cual no es raro que cuando se realiza alguna encuesta de opinión pública lo primero que surja sobre la preocupación de la gente sean estos dos temas.

La gran clave de este discurso reside básicamente en aislar el problema y sacarlo de contexto, machacando sobre la cuestión como si la suba de precios o la inflación fuera un fenómeno instalado y negado adrede por el gobierno, para luego presionar para que se haga un ajuste. Si esto ocurriera, saldrían presurosos a atacar tildando al gobierno de antipopular o neoliberal, gozando una vez más de la impunidad que les otorga su posición dominante, ya que nos tienen acostumbrados a que nos atacan por izquierda o por derecha según les convenga a sus intereses.

Cuando se intenta llegar un diagnóstico sobre alguna cuestión en particular -en este caso sobre la situación económica general- lo primero que se intenta es recopilar datos, para luego obtener una conclusión general del problema a través de una lectura de conjunto. Del mismo modo, que la temperatura corporal de una persona le indica al médico que las defensas inmunológicas del cuerpo están trabajando, la suba de precios en cualquier economía está indicando algo, pero por sí solo no explica nada ni configura un diagnóstico en sí mismo. Para eso no alcanza solamente con un dato, se necesita obtener un conjunto de elementos y luego colocarlos en un contexto para saber si se está ante un problema o no.

La palabra inflación está tratada desde los medios dominantes como si fuera por sí sola un parámetro indicativo o un diagnóstico en sí mismo, totalmente escindido del resto de los parámetros económicos como pueden ser el nivel de empleo, el crecimiento económico, los niveles de consumo, el superávit fiscal y comercial. Se intenta agitar ese fantasma porque todos sabemos que la principal solución para el tema de la inflación es el ajuste, y aquí está la clave de la cuestión.

No es que al gobierno le guste que haya inflación de puro malo o porque odia al pueblo como lo tratan de instalar. Para entender esto hay que ir justamente al diagnóstico del que hablábamos, salir del aislamiento del término “inflación” y llevarlo al contexto general, donde se lo puede evaluar en su dimensión con el resto de los parámetros de la economía.

En primer lugar, hay que dejar bien claro que no existen sistemas económicos en los que no haya movimientos de precios. Los precios en mayor o menor medida tienden a ir “hacia abajo” (deflación) o “hacia arriba” (inflación) y esto va a estar dado por las tensiones lógicas de la oferta y la demanda que existan dentro del sistema económico.

En un contexto en el que aumenta el consumo porque sube el poder adquisitivo de los sectores populares, es lógico que haya presión de la demanda por sobre la oferta y que los precios tiendan a subir. Esto es natural y diría que hasta “saludable” ya que en general es la demanda la que tracciona el aumento de la oferta.

Es muy difícil que una empresa decida hacer una inversión para aumentar su producción en un contexto económico recesivo o de baja de precios, más bien ocurrirá todo lo contrario, despidos y achicamiento productivo. Peor aún con el empresariado argentino que, con una visión generalmente cortoplacista, se acostumbró más a una economía de corte especulativo que productivo, debido a las recurrentes crisis del neoliberalismo en nuestro país.

Como decíamos al principio, la memoria de corto alcance sobre el tema inflacionario nos remite a las hiperinflaciones de fines de la década del 80 y principios de los 90, motivo por el cual siempre se opera sobre la memoria colectiva en el sentido de bajar la inflación y enfriar la economía, ocultando intencionalmente que para enfriar la economía se requieren medidas de ajuste fiscal que afectan la producción y el empleo. Para decirlo de otra manera, los precios más bajos -o desaceleración de la suba- se logran a través de la caída del poder adquisitivo del salario que terminan en la caída de la demanda. Los precios bajan porque no hay consumo y esto genera un efecto dominó en el resto de los parámetros económicos.

Recordemos que las medidas que se tomaron para combatir en la inflación en Argentina siempre fueron por el lado de la confiscación de depósitos y el ajuste fiscal (léase sacar dinero de los bolsillos de la gente) que lo que hicieron fue justamente aplicar una medida de shock para frenar la demanda (consumo). Por ejemplo, el Plan Bonex de Erman González que fue el que confiscó los depósitos bancarios a cambio de un bono a DIEZ (10) años. De esta manera logró secar la plaza de dinero y los precios se frenaron automáticamente en unos meses. Obviamente estas medidas fueron apoyadas en aquel entonces por los grandes formadores de opinión hoy devenidos en grandes defensores de “la gente” (Bonelli y los Clarín boys).

Hay que tener siempre presente que, entre el final del gobierno de Menem y lo que duró el Gobierno de De la Rúa, Argentina vivió CUATRO (4) años de recesión en la que la inflación era CERO o directamente deflacionaria (por debajo de cero). Si vemos el contexto económico de aquellos años obviamente vamos a ver una subida galopante del desempleo, del poder adquisitivo del salario -de aquellos afortunados que tenían trabajo- y una caída estrepitosa del consumo. El tiro de gracia de ese sistema fue el descuento del 13% por ciento a los jubilados y empleados estatales que selló el final del programa económico propiciado por el FMI y el BANCO MUNDIAL, dejando detrás un país moral y económicamente arrasado. Pero claro… no teníamos inflación, teníamos problemas muchísimo peores!

Hace unas semanas, nuestra Presidenta decía -en una entrevista televisiva- que notaba que los noticieros locales no tenían noticias internacionales, justamente para ocultarles a los argentinos el país que tenían. Justamente a tono con esto, me acordaba que el gobierno de Japón anunció a mediados de agosto de 2013 -y como una gran noticia- el fin de la “deflación” que venía padeciendo desde noviembre del año 2009. Si, leyó bien ¡Japón tuvo su economía estancada durante cuatro años y no salió en ningún lado! Lo mejor de todo esto es que logró salir del problema a través de políticas de expansión monetaria (aumento del gasto público y devaluación) lo que es justamente criticado por los economistas de la ortodoxia neoliberal (Melconian, Broda, Redrado & friends).

¿Porque cuando nos muestran desde los medios a la economía japonesa -y su sociedad- como el máximo modelo aspiracional justamente nos ocultan esto? ¿Les dará miedo tener que comparar a Japón con Argentina? Seguramente si alguno lo hace lo tildarán de “K” y lo pondrán en ridículo contrastándolo con algunas imágenes de chicos descalzos del conurbano, para poder seguir imponiendo su discurso hegemónico de odio y desesperanza.

Para finalizar, si vamos un poco más atrás en la historia y nos fijamos en el cuadro comparativo que ilustra esta nota, vamos a observar que la inflación en Argentina no la inventó este gobierno “K” y ni siquiera los gobiernos anteriores. Vamos a ver que en los periodos donde las clases populares tuvieron mayor poder adquisitivo y donde el eje central de la economía estuvo basado en la producción, el empleo y el consumo -ver especialmente la primera década peronista- no fueron justamente de inflación CERO o de deflación, sino más bien de una inflación que fue siempre de dos dígitos.

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Con todo esto lo que queremos decir es que la inflación -o alza de precios- que vivimos no es una medida de valor en sí misma sino que debe contextualizarse en un modelo económico que ha marcado récords históricos de crecimiento, de creación de empleo, de desendeudamiento, de fabricación y patentamiento de automóviles, de recaudación fiscal, de inclusión social, etc. etc.

El contexto es el que le da valor a un índice y el índice no vale nada por sí mismo si no se lo contextualiza. Que quede bien claro que nadie se pone contento cuando aumenta un precio porque eso sería ridículo, pero sabemos bien que en esta década también aumentó el poder adquisitivo de los salarios y las jubilaciones, en un marco de creciente aumento del consumo popular.

Los peronistas tenemos que saber que detrás del discurso de la “inflación” está el discurso del neoliberalismo que viene por lo que “hicimos bien”, y no por lo que hicimos mal. Vienen por lo que logramos y no por lo que nos falta hacer. No vamos a combatir la inflación quitándole poder adquisitivo al salario y enfriando la economía porque sabemos que en eso va la felicidad del pueblo, que es nuestro objetivo principal. Eso es lo que siempre hicieron ellos.