Comunicado: Reflexiones sobre la pobreza

En los últimos días se ha desatado una polémica sobre los niveles de pobreza existentes en nuestro país y su comparación con Alemania, en la discusión han primado la superficialidad y la animosidad que tiñeron a las distintas opiniones, por ello y sin pretensión de arribar a verdades reveladas, creo necesario formular algunas aclaraciones de concepto, que según mi criterio, ponen algo de luz a la oscuridad que imponen los intereses creados a quienes, normalmente, les viene muy bien la subsistencia y proliferación de la pobreza.

Aclaro que hablo no desde la teoría de los economistas o de los técnicos en estadísticas, sino desde la realidad de provenir de un hogar humilde de padres trabajadores, que contaban las monedas para llegar a fin de mes, y que con enormes sacrificios y privaciones lograron criar a sus hijos, habiendo conocido en carne propia, desde la niñez, las penurias y angustias que genera la pobreza material.

El concepto de pobreza no es univoco, y según los parámetros y datos que tomemos, los resultados estadísticos pueden dar diferencias importantes; para poner un ejemplo, si tomamos un hogar que no tiene acceso al gas natural de red o al sistema de agua potable de red, podemos considerarlo pobre por no tener satisfecha una necesidad básica, ahora bien, si medimos a ese mismo hogar  por su nivel de ingresos, podría llegar a ser categorizado de clase media o hasta media alta.

Otra fuente de confusión es la comparación de ingresos en dólares entre países o regiones, que conduce a importantes equívocos, porque una cosa es medir el nivel de ingresos en una moneda determinada y otra es el poder adquisitivo real de ese ingreso dentro del país, región o localidad considerada, por ejemplo una cosa es ganar el equivalente a U$S 1.000 en un país donde el alquiler de un departamento de dos ambientes alcanza los U$S 800 por mes y otra cosa es ganar lo mismo en otro país donde ese mismo alquiler no llega a los U$S 400 mensuales.

Por otra parte en las economías más informalizadas (por ejemplo la economía argentina es mucho más informalizada que la alemana) se da la paradoja de que hay una porción importante de ingresos “en negro” que son inasequibles a las estadísticas.

Todo este cumulo de dificultades deja en claro los problemas que existen  para establecer los niveles de pobreza o indigencia reales en un país determinado y mucho más hacer comparaciones entre países.

Así las cosas sin perder de vista que Alemania es un país desarrollado con un ingreso per cápita de U$S 39.000 anuales aproximados, mientras que Argentina es un país emergente o de desarrollo medio con U$S 13.000 anuales aproximados per cápita (dejando en claro que una cosa es el ingreso per cápita y otra muy distinta es su distribución), el concepto de pobreza en ambos países es sustancialmente diferente y de difícil comparación.

No obstante en mi opinión Alemania ha sentado las bases materiales de su desarrollo actual, en las políticas neokeynesianas  de pos segunda guerra y en el estado de bienestar de las décadas del 60 y 70 y que se prologaron en ese país, hasta entrada la década del ´90, diríase que hoy el país germano vive de las rentas que le otorgan el formidable capital humano y material acumulado gracias a esas políticas de notoria intervención estatal, proteccionismo y defensa de su interés nacionales y que, desde la imposición de la moneda única  y la aplicación de férreas políticas neoliberales, a medida que se va destruyendo el estado de bienestar, tal capital material y humano, se va licuando lentamente, incrementando la pobreza, la exclusión y la diferencia entre las clases sociales, esa es la tendencia y a medida que la Alemania de Merkel va conduciendo a su propio país y a Europa a mayores niveles de pobreza relativa, las condiciones de vida de sus habitantes continuaran empeorando.

El proceso de Argentina es el inverso, desde mediados de 1955 ha primado el neoliberalismo como hegemonía política y económica sea por vía de dictaduras militares, sea por defecciones de gobiernos civiles, con breves interregnos de intentos de restauración del movimiento nacional y popular que no tuvieron, por su brevedad, tiempo para revertir las tendencias impuestas por aquella hegemonía, tanto en lo económico, como en lo social y cultural y que cimentaron nuestra decadencia sempiterna.

Recién a partir de mayo de 2003 se ha producido la restauración de políticas de defensa del interés nacional, distribución de la renta y de inclusión social, quebrando la hegemonía neoliberal y mejorando en términos reales todos los indicadores de pobreza e indigencia, es decir, que más allá de sus números y de las comparaciones que se pretendan efectuar, de mantenerse la hegemonía nacional y popular la tendencia será la contraria  a la europea, es decir de reducción continua y sostenida de la pobreza e indigencia.

Concluyo entonces que lo que importa, más allá de toda comparación, son las tendencias de las distintas políticas económicas y sociales.

En este marco los porcentajes de pobreza e indigencia que publicita el Observatorio Social de la Universidad Católica y otros que aventuran las usinas opositoras, intentan hacernos creer que nos hallamos en los mismos o peores niveles que los que padecíamos en la década del ´90 cuando las tasas de desocupación y subocupación duplicaban a las actuales, cuando existían entre 10 y 15 puntos porcentuales más que en la actualidad de informalidad laboral, cuando el desempleo juvenil casi triplicaba al actual, cuando los “contratos basura” (legalización de la precariedad laboral) eran moneda corriente, cuando no existían ni la asignación universal por hijo, ni por embarazo, ni el plan PROCREAR, ni ninguna otra política estatal de reasignación de renta y contención social, cuando el 35% de nuestros ancianos se hallaban fuera de toda cobertura previsional, cuando las paritarias estaban clausuradas y congelados durante diez años las jubilaciones y el salario mínimo vital y móvil, en dicho contexto, tales cifras y especulaciones lucen por lo menos inverosímiles y ofenden al sentido común.

Sugiero a quienes no confían en las mediciones del Indec, averiguar cuantos afiliados cotizantes tenían gremios como UOM, UOCRA, Empleados de Casas Particulares, SMATA, UTGRHA, etc. en la década del ´90 y cuantos afiliados cotizantes tienen hoy, para constatar sin lugar a duda alguna, la formidable creación de puestos genuinos de trabajo que ha generado el actual proyecto nacional y popular.

Si bien es cierto que la inflación horada a los sectores de ingresos fijos y que, en la puja distributiva, constituye un mecanismo de apropiación y concentración de la renta, no es menos cierto que el Gobierno ha generado dispositivos de actualización y defensa de los ingresos de los trabajadores y jubilados que, con sus más y sus menos, buscan compensar las subas de precios y recomponer ingresos.

Ocultan los neoliberales que los remedios que proponen para solucionar el fenómeno inflacionario, son peores que la enfermedad, puesto que va de suyo que es mejor tener empleo o jubilación o asistencia social, por más que ese ingreso sea temporalmente afectado por el incremento de precios, que no tener nada, toda vez que, si mi ingreso es cero, por más estabilidad de precios que haya, lo único que me queda es contemplar con la “ñata contra el vidrio” como los productos que no puedo comprar, no aumentan su valor.

Otro aspecto que vale resaltar es que los sectores que actualmente se escandalizan con la pobreza y la indigencia y que sostienen cifras sin sustento en la realidad, son precisamente aquellos que mayor resistencia ofrecen a las políticas redistributivas que en estos últimos doce años ha implementado el Estado Nacional, actuando como lobistas de las políticas económicas neoliberales que generan mayor exclusión, pobreza y miseria, bajo la falsa y remanida promesa del “derrame” de un vaso que nunca llega a llenarse, de manera tal que su declamada preocupación por la cuestión, no hace otra cosa que evidenciar el cinismo e hipocresía en los que se inspira a su impostada inquietud social.

Para finalizar señalo que la polémica armada en torno a la verdadera magnitud de la pobreza e indigencia en nuestro país, no ha tenido otra finalidad que la de ocultar que nuestro Gobierno recibió un justo reconocimiento, de parte del principal organismo mundial, en materia de política alimentaria (léase la FAO dependiente la ONU), por haber logrado la seguridad alimentaria para más del 95% de su población.