Los Tratados de Libre Comercio en América Latina … (o el zorro en la jaula de las gallinas)

Dibujo por Vladimir Sinatra (@EstipenDogo)

Dibujo por Vladimir Sinatra (@EstipenDogo)

La verdadera esencia de la libertad política radica en la libertad económica. Es ridículo pensar que una nación puede ser soberana en el campo político si no puede manejar los resortes de su propia economía.

Desde los orígenes del sistema capitalista, las potencias imperantes -primero mercantilistas y mas tarde industriales- intentaron conducir las políticas económicas de las colonias implantando en sus burguesías emergentes la ideología del librecambio (liberalismo, librecambismo, libre comercio o como se le quiera llamar), intentando convencer a los sectores populares –a través del aparato mediático/cultural- que de esta manera se desatarían las fuerza productivas, generando trabajo y riqueza para todos.

Esta mentira, que no es mas que una nueva versión de lo que hace 500 años fueron los “espejitos de colores” que traían los conquistadores, tiene su correlato en la actualidad con los TLC (Tratados de Libre Comercio), que no son otra cosa que la política bilateral que decidió llevar adelante Estados Unidos ante el rotundo fracaso del ALCA, que quedó definitivamente enterrado en Mar del Plata en la IV Cumbre Iberoamericana del año 2005.

A partir de aquella derrota política, comenzaron a gestar estos acuerdos bilaterales que tienen como principales protagonistas a Colombia, Perú, Chile y un conglomerado de países de América Central (denominado CAFTA), sin dejar de mencionar el tratado de libre comercio que une a Estados Unidos, México y Canadá que rige desde el año 1994 (NAFTA).

Lo que es esencial entender sobre esta cuestión es básicamente que todo lo que implique libre-comercio significa esencialmente unir dos sistemas productivos cerrados de una manera totalmente asimétrica, que en la práctica no puede generar otra cosa que la profundización de los problemas de la economía mas débil, mas allá de que intenten mostrarlos como la gran solución para salir del subdesarrollo estructural de las economías latinoamericanas.

Cuando digo que son sistemas cerrados, lo digo en el sentido impositivo/aduanero, ya que a través de este sistema se intenta en la mayoría de los casos proteger las producciones locales y fomentar la aparición de nuevas industrias a través de barreras arancelarias o para arancelarias, de manera que una economía mucho mas poderosa y desarrollada no tenga justamente esa “libertad” de destruir la producción local o impedir el surgimiento de una nueva industria o grupo de industrias. Mal que le pese a la Organización Mundial del Comercio (OMC), no existe forma de desarrollar producción industrial si no se la forja y se la protege de la competencia.

En sentido contrario a este pensamiento, los Tratados de Libre Comercio tienen su fundamentación en la teoría que se denomina de “ventajas comparativas”, desarrollada por economista inglés David Ricardo, cuyo postulado básico es que los países deben especializarse en aquellas mercancías para las que su ventaja sea comparativamente mayor.

Esta es la teoría que llevó justamente a las economías emergentes a basarse solamente en la producción de productos primarios y en el monocultivo. Especializarse en un solo producto o grupo de productos e importar aquellos en los que no se tiene ventaja comparativa (productos industriales)

De la mano de esta idea, los países latinoamericanos –conducidas por las oligarquías locales- han desarrollado desde los procesos de la independencia economías cuya mayor ventaja comparativa está en la producción primaria, y muchos de ellos no tienen un desarrollo industrial que tengan que proteger, mas allá de algunas industrias destinadas sobre todo al consumo interno, pero nada mas.

Visto desde este punto de vista, la incorporación a un mercado como el de Estados Unidos –una de las mayores economías del mundo- prometía la multiplicación del intercambio en una nueva versión de la teoría de las “ventajas comparativas” de la mano de los nuevos TLC. Como las economías del caribe y de Latinoamérica justamente no generan productos industrializados complejos, esta vez no les costó mucho luchar contra el prejuicio de la desindustrialización, ya que estos países ya son importadores de productos industriales.

En cambio, con respecto a los productos primarios -básicamente la extracción de minerales y los productos agrarios- la promesa era enorme, ya que se abría un mercado gigante como el de Estados Unidos y esto prometía la generación de millones de empleos para satisfacer la demanda de este mercado.

Pero había una mala noticia. Las economías desarrolladas en general subsidian -y muy fuertemente- su producción primaria, por lo que el sueño del ingreso a esos mercados se topó con los productos locales –los de Estados Unidos- a un precio sensiblemente inferior.

Si se quiere vender en estas condiciones, se debe competir con precios subsidiados sensiblemente mas bajos y que muchas veces no cubren los costos de producción y, en aquellos sectores en los que se es competitivo –como la industria textil en Perú- se chocan con la competencia de otros productores igualmente competitivos como China y la India que rivalizan por el mismo mercado.

En el caso de la economía peruana por ejemplo, las exportaciones de ropa a Estados Unidos cayeron 28%. En ese mismo período 2009/2010, las exportaciones de textiles que China, Bangladesh e India hicieron a Estados Unidos casi no se redujeron, aunque ninguno de esos países tiene un TLC con Estados Unidos.

Y no es solo el caso de las exportaciones textiles sino que toda la balanza comercial se ha vuelto favorable a los EEUU. Es decir, mientras las exportaciones no se han beneficiado mayormente, se importa más de Estados Unidos, afectando fuertemente tanto la industria local como la agricultura, ya que incluso han disminuido los precios locales –como por ejemplo en los cítricos- que ingresan al mercado peruano a un precio más bajo que el de producción local como producto de la política de subsidios.

Esto motivó y motiva numerosas protestas de campesinos ya que sus márgenes de ganancia se han reducido casi hasta el costo de producción incluso hasta en el mercado local, en el cual han bajado los precios cuando paralelamente aumentan las importaciones de productos de alto valor agregado como Medicamentos.

Como contrapartida, los defensores de los TLC dicen que los consumidores acceden a precios mas bajos y por ende mejora sus condiciones de consumo, pero no mencionan la pérdida de puestos de trabajo y la disminución de las ganancias de los productores locales que, en el mejor de los casos, reducen sus ganancias al mínimo ya que no pueden competir con el precio de los productos importados/subsidiados.

En el caso de algunas industrias incipientes, como el caso de la farmacéutica, las empresas transnacionales -que son propietarias de las patentes- terminan comprando a las locales a precios de remate. Este proceso lo vivimos en Argentina en la década del ´90, cuando comprar una lata de durazno importada de Tailandia era más barato que comprar una producida en nuestras provincias de Rio Negro o Mendoza. Mientras algunos disfrutaban de las mieles del consumismo, otros perdían sus trabajos y caían debajo de la línea de pobreza.

Algo muy parecido ocurre por estos días en Colombia que esta llevando a cabo un paro agrario que ya lleva semanas y apenas lleva UN (1) año de TLC con Estados Unidos.

Como siempre que se muestran este tipo de datos, se muestra lo que conviene y se ocultan los que no convienen. El primer indicador “mostrable” es siempre el incremento notable del intercambio bilateral. En términos nominales se importa más y se exporta más también. Pero cuando se desagrega qué se importa y qué se exporta los resultados son siempre negativos para la economía menos desarrollada. En el caso de Colombia, las cifras indican que Colombia exporta más de lo que importa, pero en este lapso se ve una tendencia negativa para Colombia, es decir, se exporta cada vez menos y se importa más en solo un año de TLC.

Según el Gobierno colombiano, USA aumentó sus exportaciones a Colombia 20% y Colombia las suyas 3,4%, con el agravante de que las exportaciones se soportan en petróleo y derivados (72%), que no son colombianos ya que en su mayoría son empresa norteamericanas. El petróleo es una materia prima al fin, no genera empleo y, lo mas importante, no necesita de un TLC para ser vendido, ya que Estados Unidos necesita importar ese hidrocarburo si o si para que continúe funcionando su economía.

Lo más grave es el incremento de importaciones de productos agrícolas desde EE.UU. 62%, soportado en crecimientos de importaciones de lácteos (214%), soja (467%), cerdo, trigo y cereales, con incrementos similares. Mientras tanto la manufactura cae, según la ANDI –Asociación Nacional de Industriales de Colombia- decreció 3% entre diciembre del 2012 y febrero del 2013, lo cual, junto a la caída del agro, traerá consecuencias funestas para el empleo, al tiempo que se pone en riesgo la seguridad alimentaria.

Esto es importante de destacar, ya que por estas reducciones arancelarias muchas veces se deja de producir determinados alimentos que son de consumo interno –porque conviene importarlos por ser mas baratos- y se pasa a producir aquellos que son mas favorables para el mercado externo. Como consecuencia de esto, países como Colombia, con serios problemas para alcanzar una soberanía en el plano alimentario, profundizan su dependencia de los vaivenes de los mercados externos. Bajo la excusa de ganar competitividad se pierde soberanía alimentaria, ya que se tiende a cultivar solo aquellos productos que son competitivos para el mercado externo –en este caso EE UU- y se importa el resto.

Pero el objetivo de esta nota no es sobreabundar en datos económicos –que pueden variar de un año a otro- sino más bien indagar en las mentiras que se nos inculca desde los grandes centros de poder para intentar frenar nuestra integración y continuar con el saqueo. Los TLC no son más que la versión actual de los “espejitos de colores” que traían los ejércitos españoles en la época de la conquista.

De la mano de teorías tales como las “ventajas comparativas”, acuñadas hace casi doscientos años, no hacen otra cosa que cambiar el envase de las viejas recetas liberales que llevaron a Latinoamérica a fundar su economía en la producción de materias primas y desechando el fomento de la industria que era y es la especialidad de las potencias dominantes.

Para muestra basta con ver los resultados de los nuevos ensayos en dos países como Perú y Colombia que, con la promesa de crear millones de puestos de trabajo y de multiplicar el intercambio, compraron los espejitos de colores del siglo XXI (los TLC). En Colombia acaba de terminar un paro agrario que llevaba 14 días, con pérdidas millonarias y un saldo de dos muertos y 150 heridos con la problemática alimentaria como telón de fondo, que se agravaron con la firma justamente de este Tratado de Libre Comercio.

Como dijimos al principio, las barreras aduaneras no son otra cosa que la defensa que tienen los estados soberanos para proteger sus economías y fomentar el desarrollo de industrias que garantizan la generación de empleo, la distribución del ingreso y la creación de un mercado interno de consumo.

La experiencia de la zona euro no es más que otra muestra de que la unión de economías con distintos niveles de desarrollo termina siempre inclinando la balanza en pos de la economía desarrollada. En Europa, los países desarrollados como Alemania y Francia terminaron dejando en bancarrota a los países del sur (España, Grecia, Portugal e Italia) que hoy están pagando con ajuste y desempleo las consecuencias de la unión aduanera.

Como reza el título de la nota, si metemos al zorro en la jaula de las gallinas es muy difícil que las aves vayan a ganar la pelea por ser superiores en número. Lo mismo ocurre cuando nos prometen el acceso en términos de librecambio a los mercados “mas grandes del mundo”, la relación de fuerzas es parecida, es el mismo cuento pero en otra versión.

La experiencia de estos nuevos Tratados de Libre Comercio en Latinoamérica nos tiene que mantener alertas ante los nuevos debates que se vienen. Tenemos que fortalecer nuestra integración a través del Mercosur, y avanzar aún más en el establecimiento de aranceles comunes para defender nuestra producción de economías mas desarrolladas para, justamente, continuar en la senda del desarrollo, el crecimiento y la distribución del ingreso. La historia nos enseña todos los días que las gallinas nunca lograrán comerse al zorro.